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	<title>reflexión &#8211; Blog Humanitas</title>
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		<title>El carácter único de la persona en Robert Spaemann</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminucsp]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Dec 2020 01:08:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
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<p>La noción de persona es uno de los temas más hondos de los que se ha ocupado siempre la humanidad. Robert Spaemann es un filósofo alemán que se caracteriza por establecer un diálogo constante y fecundo entre diferentes tradiciones filosóficas de Occidente. Sus intervenciones en los más diversos debates éticos, así como su defensa de un lenguaje simple para hablar de la filosofía y su libertad de conciencia frente al relativismo, hicieron de él un referente fundamental para la filosofía del siglo XX y las dos primeras décadas del siglo XXI. Su pensamiento tiene en la noción de persona una de las claves interpretativas de toda la realidad. En esta nota esbozamos brevemente un aspecto clave de la noción de persona en Spaemann.</p>



<p>“El hecho de que el hombre sea capaz de acción, significa que cabe esperarse de él lo inesperado, que es capaz de realizar lo que es infinitamente improbable. Y una vez más esto es posible debido a que cada hombre es único, de tal manera que con cada nacimiento algo singularmente nuevo entra en el mundo”<a href="#_ftn1" name="_ftnref1">[1]</a>.</p>



<p>Según esta afirmación de Hanna Arendt, la novedad radical con la que cada persona ingresa en el mundo nos permite afirmar el carácter único de la persona. Sin embargo, el mundo al que la persona llega no está vacío, sino habitado por seres distintos a ella y por seres en los que podrá verse reflejada, porque son como ella sin ser ella. En cada persona hay algo incomunicable, algo que existe en ella y no en otros. Cada persona tiene su propia naturaleza humana de tal modo que la humanidad de uno es distinta a la de otro. Con todo, existe una forma universal de humanidad que es común a todos los hombres de la que cada hombre participa, por lo que podemos afirmar que cada persona es comunicable en un aspecto e incomunicable en otro.</p>



<p>En la realidad no existen dos seres absolutamente iguales, por lo que la incomunicabilidad de su ser será mucho más intensa o más pobre según el ser del que se trate: será absoluta si le corresponde a Dios y pobrísima si se trata de un mero ejemplar de una cosa de la que existen numerosos ejemplares. En este sentido, parece que la incomunicabilidad del ser se fortalece mientras se asciende en la escala de los seres. Así, la incomunicabilidad de las personas humanas es pronunciadísima respecto a la de los seres infrapersonales.</p>



<p>Ahora bien, afirmar la incomunicabilidad no implica negar la comunión interpersonal. Aquí se advierte la peculiaridad de la persona de ser única y singular. La lógica de la incomunicabilidad está dirigida a la intersubjetividad, que está fundamentada en nuestra naturaleza humana común. El reconocimiento del hombre como persona, por tanto, debe darse en estas dos dimensiones: su individualidad incomunicable y su semejanza respecto de las otras personas con las que comparte una misma naturaleza.</p>



<p>El reconocimiento del hombre como persona, como lo plantea Spaemann, trasciende su pertenencia a la misma especie, pues el hombre no sólo es más valioso que otros seres vivos, sino que es inconmensurable, también respecto de los demás hombres. La lógica cuantitativa por la que el valor de diez es mayor que el de uno no es aplicable a las personas. El reconocimiento de un hombre como persona reclama también reciprocidad, es decir, reconocer que las personas, en nuestra singularidad, compartimos una naturaleza. Los hombres somos semejantes pues cada uno de nosotros es igualmente único e irrepetible: “Los hombres son más o menos semejantes como hombres. Como personas no son semejantes, sino iguales, y lo son en el sentido de que cada una es única y su dignidad es inconmensurable”<a href="#_ftn2" name="_ftnref2">[2]</a></p>



<p>Así, la dignidad de cada persona humana singular, es común a toda la humanidad. Se hace necesario y urgente proponer en cada época de la historia esta dignidad inalienable. De lo contrario repetiremos los errores del pasado. La larga y triste historia de los atentados contra la persona y la sociedad es algo de lo que debemos aprender. No hay totalitarismo que no comience por poner en duda esta dignidad, sea disolviendo a la persona en el colectivismo, sea encerrándola en el individualismo. Tanto uno como el otro son caras de la misma moneda, sustituciones falsas del concepto de persona y de libertad que terminan por destruir la sociedad humana.</p>



<p class="has-text-align-right">Miriam Berrios Garaycochea</p>



<p><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a> ARENDT, Hanna, <em>La condición humana, </em>1958</p>



<p><a href="#_ftnref2" name="_ftn2">[2]</a>SPAEMANN, Robert,&nbsp;<em>Personas. Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”,</em>2010.</p>



<p></p>
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		<title>La luz en los ojos de un ciego: luz en las tinieblas de Manuel Rodríguez Canales</title>
		<link>https://blog-humanitas.ucsp.edu.pe/ojos-ciego-luz-tinieblas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[adminucsp]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 28 Oct 2019 19:20:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[César Belan Alvarado]]></category>
		<category><![CDATA[Teología]]></category>
		<category><![CDATA[Evangelio]]></category>
		<category><![CDATA[experiencia humana]]></category>
		<category><![CDATA[Jesucristo]]></category>
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		<category><![CDATA[Roberto Belarmino]]></category>
		<category><![CDATA[Sócrates]]></category>
		<category><![CDATA[teatro]]></category>
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<p>Decía San Roberto Belarmino que más sabe un niño recitando el catecismo, que todos sabios de Grecia juntos. Esta curiosa frase nos muestra de qué manera el genuino conocimiento –algo que ya sabía Sócrates– nace de la humildad y siempre está de cara a lo trascendente. Se hace imperativo recordar esto –una máxima socrática, repito– en un tiempo en que los sofistas y charlatanes abundan. Pseudo-eruditos que hacen de la filosofía mala poesía, y de la poesía bastarda filosofía. Hablamos de la predilección contemporánea por esperpénticos sistemas y teorías formuladas en base de galimatías y palabras vacías que más parecen eslóganes publicitarios con tintes snobs.</p>



<p>Lamentablemente, esta manía también ha penetrado en disciplinas antes impolutas como la teología. Así pues, en éste medio se muestran, con cada vez mayor frecuencia, armatostes argumentativos que divorciados de la realidad aluden únicamente a un narcisista y enfermizo culto a la personalidad –usualmente enferma– del autor. «Perspectivas» teológicas actuales elucubradas desde inaccesibles torres de marfil por académicos que, cual pitonisos embriagados de su propia subjetividad, emiten palabras inconexas y absurdas que solo sus iniciados –fieles aspirantes a charlatanes– pueden interpretar. A Dios gracias, todavía hay quienes que, sin mirarse al espejo y viendo al Todopoderoso en el rostro del otro y en las leyes de su creación, hacen teología de rodillas. Esto es, maravillados y jubilosos por el Misterio, como en otro tiempo lo hizo el curioso Moisés al subir al monte.</p>



<p>Éste es el caso de una pequeña pero sustanciosa obra de teatro compuesta por el teólogo y educador Manuel Rodríguez Canales. «Luz en las tinieblas» es un monólogo escrito para el teatro, y es el fruto de la reflexión –dolorosa, muchas veces– en las aulas y en solitario, sobre la condición humana y su relación con la divinidad. Adaptando libremente el pasaje del ciego de Siloé, aquel que según el Evangelio de san Juan fue curado por Cristo a la entrada del templo, Manuel aborda sutil pero eficazmente el dilema de toda conversión. El ciego de nacimiento es en la obra un esclavo del resentimiento por su propia condición, de la angustia por la incertidumbre y del desprecio de la sociedad de la época. Sin embargo, desde la conciencia de su propia nimiedad y dolor sale el grito que lo redime. Aquel invoca a un Jesús quien lo salva, que siempre salva.</p>



<p><em>Luz en las tinieblas</em>, con reducidos recursos y escuetos parlamentos nos sumerge pues a un complejo problema. Suscita preguntas, genera angustia y nos llama a la introspección. La carga emotiva que maneja es la adecuada y si bien ineludiblemente nos lleva al sentimiento, no nos hunde en él, dando margen a una honda y fructífera reflexión. Ésta obra, es pues, teología que hunde sus raíces tanto en la experiencia humana como en la más convencional y diáfana interpretación de las verdades de fe. Aproximación que ofrece verdadera respuesta sin pretender «innovaciones» u «originalidades» que cual manchas afean el rostro de Cristo mismo. La obra actualiza las respuestas de siempre mediante los canales que solo el arte puede ofrecer. Respuestas que por su complejidad deben ser enunciadas desde una perspectiva estética, es decir de manera abierta y acogedora. Una experiencia artística que es –y eso nunca lo olvidemos– invariablemente un notable producto del trabajo académico que se ha llevado a la par. Labor esforzada y silenciosa que, por pretender dar luz a su propia perplejidad, ha cosechado algo más –y eso es ganar el cielo– que el eco vacío de sí mismo.</p>



<p class="has-text-align-right">Gonzalo Flores-Castro Lingán</p>



<p></p>



<p></p>



<p></p>
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