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	<title>Nixon &#8211; Blog Humanitas</title>
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	<title>Nixon &#8211; Blog Humanitas</title>
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		<title>El diablo, Lumumba y los cocineros</title>
		<link>https://blog-humanitas.ucsp.edu.pe/diablo-lumumba-cocineros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[adminucsp]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Oct 2019 21:16:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>
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					<description><![CDATA[Alejandro Neyra, amenísimo narrador nacional y exministro de cultura, en una conferencia que dio en nuestra Universidad sobre la presencia de peruanos en la ficción, contó que en una ocasión revisando un libro de historia de la gastronomía se dio con la sorpresa de que el desavisado autor atribuía la invención del rocoto relleno a [&#8230;]]]></description>
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<p>Alejandro Neyra, amenísimo narrador nacional y exministro de cultura, en una conferencia que dio en nuestra Universidad sobre la presencia de peruanos en la ficción, contó que en una ocasión revisando un libro de historia de la gastronomía se dio con la sorpresa de que el desavisado autor atribuía la invención del rocoto relleno a un tal Manuel de Masías.</p>



<p>Quien conozca la obra del excepcional escritor arequipeño Carlos Herrera sabrá que Manuel de Masías es el personaje de uno de sus más famosos cuentos titulado&nbsp;<em>Historia de Manuel de Masías, el hombre que creó el rocoto relleno y cocinó para el diablo</em>. En este cuento, Manuel de Masías es un cocinero arequipeño que, hacia fines del siglo XVIII, cosechó fama en el Perú y en Europa, inventó el rocoto relleno y, ante la muerte de su hija, desciende a los infiernos y pacta con Lucifer: si es capaz de cocinar una cena que lo satisfaga podrá recuperar el alma de su adorada hija Delphine, lo que termina por lograr. Neyra comentaba que no era la primera vez que encontraba referencias a un personaje de ficción en una obra que no lo es, pero, una obra en la que además aparecía el Demonio, ya era un exceso.</p>



<p>Me acordé de esta anécdota y de este cocinero arequipeño ficticio cuando, revisando periódicos de los años sesenta para mi investigación doctoral, me encontré con un sugerente titular que relataba la historia de otro cocinero arequipeño, esta vez real. El titular reza:&nbsp;<em>Un arequipeño hizo el último banquete de Patricio Lumumba</em>. El texto que acompaña al titular nos da a conocer a Héctor Limay (que, en ese entonces, 1962, tenía treinta y nueve años), un cocinero arequipeño que estudió nueve años en Estados Unidos, se desempeñó como el cocinero de Palacio en el gobierno de Manuel Prado, cocinó para Richard Nixon y encandiló a Patrice Lumumba a punta de anticuchos y ceviche de corvina.</p>



<p>Para los lectores que no sepan quien fue Patrice Lumumba les cuento que fue un líder anticolonialista congolés que después de lograr la independencia de su país (que había sido sometido por Bélgica por más de setenta y cinco años) fue nombrado primer ministro. Lumumba se pronunció a favor del socialismo, lo que conllevó fuertes reparos por parte de las potencias occidentales. Esto, sumado a su panafricanismo radical, condujo a que Kasavubu, presidente del Congo, lo apresara y lo entregara a los rebeldes quienes lo torturaron, lo asesinaron y disolvieron su cuerpo en ácidos minerales.</p>



<p>Desestabilizado el régimen congoleño cayó presa de uno de los dictadores más sangrientos de la historia africana: Mobutu Sese Seko. Mobutu, que adoptó una postura anticomunista y se audodenominó&nbsp;<em>todo poderoso guerrero invencible</em>, gobernó el Congo de 1965 a 1997 y es considerado el mandatario más corrupto de África; de hecho, el término cleptocracia (sistema de gobierno en el que prima el interés por el enriquecimiento propio a costa de los bienes públicos) fue acuñado pensando en su régimen. Además, llevó a cabo una política de represión durísima y fue cómplice de los hutus ruandeses en el genocidio que acabó con cerca de un millón de tutsis.</p>



<p>Pero Mobutu no fue un caso aislado, luego del proceso de descolonización de África, los nuevos estados africanos cayeron presas de oscuros personajes megalómanos que cometieron las más delirantes y bestiales arbitrariedades para complacer sus enfermas ansias de poder. Así tenemos, por ejemplo, el caso de Jean-Bédel Bokassa, líder de la República Centroafricana y delirante admirador de Napoleón, que gastó veinticinco millones de dólares de un país pobrísimo para costear una coronación en la que se autoproclamó emperador. A esta coronación, realizada en un polideportivo fue invitado al Papa Juan Pablo II. Luego de que el Pontífice rechazara la invitación, el líder centroafricano, en venganza, se convirtió al islam. Bokassa era un autócrata extremadamente sanguinario: practicaba la antropofagia (tenía carne humana congelada en su refrigeradora), mataba a algunos de sus rivales con sus propias manos, tuvo cincuenta hijos en diecinueve mujeres distintas y obligó a los escolares de su atribulado país a llevar su retrato bordado en sus uniformes.</p>



<p>Otro excéntrico y cruel dictador africano fue el ugandés Idi Amin Dada, conocido por la película&nbsp;<em>El último rey de Escocia</em>. Él se hizo nombrar conquistador del imperio británico luego de expulsar a los diplomáticos ingleses de su país, fue un acérrimo admirador de Hitler y su régimen acabó con cerca de medio millón de personas de las maneras más salvajes posibles.</p>



<p>Luego de la descolonización impulsada por la ONU, el África negra se vio ante una encrucijada harto complicada: por un lado, la cultura africana era poco compatible con la mitología política moderna (estado, democracia, nación) que más bien sirvió para legitimar un despotismo salvaje que hizo explotar rencillas interétnicas que habían sido adormecidas por la colonización; por otro lado, los nuevos países africanos se vieron jalonados en medio de la lucha por la hegemonía del mundo entre soviéticos y estadounidenses, quienes no repararon en el bienestar de los africanos para poder acrecentar su poder. Las ilusiones de independencia y de bienestar se vieron frustradas por la miseria, la guerra, la corrupción y las tiranías más sangrientas y demenciales.</p>



<p>***</p>



<p>Ya lo sé, estimado lector, este artículo solo fue una vil excusa para difundir la obra de un excepcional escritor y un poco de historia de la descolonización de África, pero eso no quita que también podamos encontrar una enseñanza edificante: ahora, cuando quieran repetir el rocoto relleno o sientan que se excedieron con el americano y la culpa los embargue, acuérdense que tampoco el diablo ni un sesentero líder socialista congolés pudieron resistir a la sazón de un buen cocinero arequipeño.</p>



<p class="has-text-align-right">Juan Carlos Nalvarte Lozada</p>



<p></p>
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		<title>Las hijas de Arequipa y la épica y religiosa jornada de 1867</title>
		<link>https://blog-humanitas.ucsp.edu.pe/hijas-arequipa-epica-religiosa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[adminucsp]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Sep 2019 21:17:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>
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					<description><![CDATA[Están de moda las adolescentes rebeldes. Tuvimos una muy grande en Arequipa. Si algún día, a pesar de mi falta de tiempo y talento, logro escribir un libro, que, a imitación del de Zweig, se titule&#160;Momentos estelares de Arequipa,&#160;la historia de la poetisa Felisa Moscoso y la gloriosa gesta de las mujeres arequipeñas en las [&#8230;]]]></description>
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<p>Están de moda las adolescentes rebeldes. Tuvimos una muy grande en Arequipa.</p>



<p>Si algún día, a pesar de mi falta de tiempo y talento, logro escribir un libro, que, a imitación del de Zweig, se titule&nbsp;<em>Momentos estelares de Arequipa,</em>&nbsp;la historia de la poetisa Felisa Moscoso y la gloriosa gesta de las mujeres arequipeñas en las primeras horas de la revolución de 1867, sería una de las más relevantes y épicas.</p>



<p>Felisa María Moscoso nació en Arequipa en 1852. Fue hija de don Julián Moscoso y de doña Manuela Pacheco. Siendo muy niña la llevaron a Lampa, donde aprendió quechua y seguramente se empapó del espíritu de severidad y austeridad de la romanidad andina. Desde muy pequeña sintió vocación por las letras y publicó versos en el periódico&nbsp;<em>La Bolsa</em>&nbsp;que luego recopiló en un primer libro:&nbsp;<em>Flores Silvestres.</em>&nbsp;A estos les siguieron otros títulos como&nbsp;<em>Ligeros pensamientos consagrados a la mujer</em>,&nbsp;<em>Violetas mistianas</em>,&nbsp;<em>La Mujer</em>, etc. A los quince años contrajo nupcias con el abogado arequipeño Juan Manuel Chávez. Al enviudar de él, se desposó con el que sería héroe de la Guerra del Pacífico, el contralmirante Melitón Carbajal.</p>



<p>Cuando la poetisa solo tenía trece años, en 1865, el coronel Mariano Ignacio Prado, aliado con los liberales, llegó al poder luego de una revolución que derrocó al presidente Pezet. Buscando legitimar su gobierno, Prado convocó a elecciones para Presidente de la República y para un Congreso Constituyente que se encargaría de redactar una nueva carta constitucional que reemplazara a la Constitución moderada de 1860. Al mismo tiempo, con un Congreso dominado por liberales, se empezó una campaña de hostigamiento contra los enemigos del régimen y se emprendió una serie de medidas contrarias a la religión, como las restricciones al tañido de las campanas de las iglesias o la prohibición de tocar una campanilla reverencial cuando el sacerdote llevase el viático por las calles, como dictaba la tradición multisecular.</p>



<p>Al promulgarse la Constitución de 1867, de fuerte carácter liberal y con medidas consideradas anticlericales, el presidente mandó jurarla en todas las ciudades del país. A tal efecto, el prefecto de Arequipa, Miguel Valle Riestra, mandó armar un tabladillo en la plaza de armas. El día anterior al que se llevaría a cabo la juramentación, el 11 de setiembre de 1867, los ánimos de los arequipeños estaban caldeados. Hacia media mañana, la gente congregada en la plaza discutía a viva voz la imposibilidad de jurar una constitución impía. De pronto, se empezaron a oír vivas a la religión: «¡Viva la religión! ¡Viva la constitución del 60! ¡Muerte a la constitución blasfema! ¡Muera el gobierno apóstata!». Del gentío se destacó la figura de la joven poetisa Felisa Moscoso, quien, junto a otras valientes mujeres arequipeñas, se subió al tabladillo y exclamó:</p>



<p>«No podemos permitir tamaña afrenta a nuestra condición de creyentes, el gobierno nos insulta pretendiendo hacernos jurar una Constitución impía, que la juren todos los demonios y sus sirvientes, pero, los arequipeños, que tenemos a mucha honra ser católicos y estamos dispuestos a defender nuestra santa causa hasta con nuestras vidas: ¡No, no, no!»<a href="#_ftn1" name="_ftnref1">[1]</a></p>



<p>Luego cogió una copia de la constitución que debía ser jurada y la quemó ante el júbilo y la algarabía de la catoliquísima población mistiana. Este fue el punto de partida de una de las más gloriosas revoluciones de nuestra historia. Luego de serios enfrentamientos con las fuerzas del orden, los arequipeños se hicieron con el control de su ciudad y reconocieron como su líder al general Pedro Diez Canseco, segundo vicepresidente del gobierno de Pezet, último gobierno constitucional legítimo.</p>



<p>Prado, a la cabeza de sus fuerzas, marchó a Arequipa para sofocar la revolución intentando tomar la ciudad. Para ello contaba con dos imponentes cañones, el más poderoso de los cuales fue interceptado en su traslado hacia Arequipa y destruido por los bravos revolucionarios. La ciudad resistió el sitio gallardamente. Prado no pudo tomarla y se vio obligado a regresar derrotado a Lima, donde el creciente descontento popular lo forzó a renunciar a la presidencia. Pedro Diez Canseco asumió el cargo de jefe de estado de manera interina, restableció la Constitución de 1860 y convocó elecciones presidenciales de las que resultó triunfador José Balta.</p>



<p>De esta épica gesta, la poetisa nos legó un grandioso poema que sirve de crónica de tan bella gesta popular y auténtica:</p>



<p><strong>La jornada religiosa de 1867</strong></p>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p>Ciudad de las gloriosas tradiciones<br>cuna de los guerreros y poetas<br>heraldos de su fama, y las trompetas<br>que proclaman tus nobles ambiciones<br>que en patria y libertad están concretas</p>



<p>Un congreso de libres pensadores,<br>más bien demoledores,<br>trataba de reformas religiosas<br>con ánimo tenaz y empedernido<br>las practicas piadosas<br>queriendo exterminar, enfurecido.</p>



<p>Un reto a la conciencia religiosa<br>fue la marcha azarosa<br>de ese poder supremo en sus sesiones<br>denuestos se lanzaban a las creencias<br>y firmes convicciones<br>del país, que rechazó sus exigencias.</p>



<p>Arequipa se lanzó sola en la lucha,<br>solo su voz se escucha<br>aguardando su turno en la protesta<br>y en actitud serena e impotente<br>al gran día se apresta<br>para lanzar su reto prepotente.</p>



<p>Las vísperas para el día señalado<br>para el gran atentado,<br>las hijas de Arequipa, reunidas<br>preparaban su espléndida jornada,<br>firmes y decididas<br>a defender la religión sagrada.</p>



<p>Firmes en su ardoroso patriotismo,<br>con cristiano heroísmo,<br>se resuelve formar un imponente<br>comicio que anonade a los traidores<br>de la patria creyente<br>confesando la fe de sus mayores.</p>



<p>Me puse a la cabeza de ese grupo<br>y la suerte me cupo<br>de llevarlas al sitio designado<br>a cumplir el solemne juramento<br>en torno del tablado<br>que debía servir de monumento.</p>
</div>



<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow">
<p>Salté sobre el tablado y en mi diestra<br>ostentaba la muestra<br>de la constitución aborrecida<br>y después de alegar nuestro derecho,<br>con mano decidida<br>¡quemé las fojas! ¡consumé el hecho!</p>



<p>¡Viva la religión! Clamé enseguida.<br>Y esa voz repetida<br>por innúmeros labios, con locura,<br>fue como chispa eléctrica lanzada<br>que excitó la ternura<br>de ese pueblo, de fe tan acendrada.</p>



<p>Un batallón descarga sus fusiles<br>y llueven proyectiles<br>sobre niños, ancianos y mujeres.<br>Únicas combatientes en la plaza<br>inofensivos seres<br>de aquella multitud que no era escasa.</p>



<p>Esa misma tarde se batía<br>el pueblo, que sabía<br>su infalible derrota por la fuerza<br>que altanera y en su odio despechado<br>con intención perversa<br>al combate lo había provocado.</p>



<p>Once días después se convencieron<br>cuan ciegos estuvieron<br>al caer consumada su victoria<br>del pueblo con el bárbaro suplicio<br>que reflejó la gloria<br>de Arequipa en su propio sacrificio.</p>



<p>Todo el Perú se alzó como un solo hombre,<br>de Arequipa en el nombre,<br>y derrocó la injusta dictadura<br>dejando la magnífica enseñanza<br>de que muy poco dura<br>el poder del abuso y la acechanza.</p>



<p>Que no son las creencias religiosas<br>las causas peligrosas<br>de aquellas conmociones fatales.<br>Sino las malas leyes, en divorcio<br>con los fueros sociales,<br>de la pasión política en consorcio.</p>



<p>En guardia de los fueros de la historia<br>y honor de esta memoria,<br>rectifico los juicios extraviados<br>por el odio implacable de partido<br>y dejo consignados<br>esos hechos tal cual han sucedido.</p>
</div>
</div>



<p class="has-text-align-right">Juan Carlos Nalvarte Lozada</p>



<p><strong>Bibliografía</strong></p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Altuve-Febres Lores, F. (2001) «La constitución de 1867» en Revista Abogados N°6. Lima</li>



<li>Carpio Muñoz, J. (1980) Texao. Arequipa y Mostajo. T.1. Arequipa: Edición del autor.</li>



<li>García y García, E. (1926) La mujer peruana a través de los siglos. Lima: Imp. Americana</li>



<li><a href="#_ftnref1" name="_ftn1">[1]</a>Carpio Muñoz, J. (1980) Texao. Arequipa y Mostajo. T.1. Arequipa: Edición del autor.</li>
</ul>



<p></p>



<p></p>
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